En los primeros años del cine sonoro, allá por la década
de los años treinta, se establecieron muchas de las normas estilísticas
que iban a fundamentar el uso del sonido en el séptimo arte: por
un lado se trata de no olvidar nunca que el sonido está al servicio
del desarrollo narrativo de las historias (de igual manera que ocurre
en las conversaciones telefónicas, en el cine hay que favorecer
la inteligibilidad de lo que se oye frente a la fidelidad de la reproducción
de la fuente sonora; piénsese lo ‘falso’ que resulta
el sonido que se escucha en películas que describen ambientes en
bares de copas o conciertos musicales); y por otro se busca que el sonido
guíe nuestra mirada adelantándose a algunas de las cosas
que van a aparecer (después de muchas décadas de experiencia
como espectadores, los públicos conocen las músicas del
cine de terror, melodramáticas y de otros muchos géneros).Los efectos sonoros, generalmente, se realizan a posteriori en laboratorio bien por motivos de verosimilitud o bien por resultar perturbadores al sonido directo. No debe olvidarse que los sonidos de algunos objetos de la vida real no suenan cinematográficos (disparos, rotura de un huevo), no existen (espadas láser) o no tienen la calidad requerida en el momento de rodarse. En suma, que cualquier sonido que pueda perturbar la inteligibilidad de los diálogos es relegado a los denominados efectos sala. Aquí se recrean, utilizándose los medios más insospechados (motores de lavadora funcionando al revés, cajones de arena removidos con la mano, chapas metálicas agitadas para vibrar), para otorgar a la imagen el complemento que convierte al cine en una experiencia sensorial completa y que provoquen reacciones en el espectador, tanto a nivel físico (explosiones, motores, armaduras chocando...) como emocional (voces de ultratumba, chirridos de bisagras...).
